Más allá de la muletilla “vivir desde tu privilegio”
En los últimos años, pocas expresiones han adquirido tanta presencia en el debate público como “hablas desde tu privilegio”.
Aparece en discusiones sobre género, pobreza, educación, acceso a la justicia, discriminación, salud y prácticamente cualquier conversación relacionada con la desigualdad. En redes sociales se ha vuelto una respuesta recurrente; en espacios académicos, una categoría de análisis; y, en algunos círculos, una forma de descalificar argumentos sin necesidad de analizarlos.
La expresión surgió con una intención legítima; buscaba recordarnos que las experiencias humanas no son universales y que las oportunidades no están distribuidas de manera equitativa. Sin embargo, algo parece haberse perdido en el camino. Hoy, con demasiada frecuencia, “vivir desde tu privilegio” corre el riesgo de convertirse en un lugar común que señala diferencias, pero que no necesariamente impulsa acciones para reducirlas.
La pregunta incómoda es si estamos utilizándola para transformar realidades o simplemente para, en el mejor de los casos, identificarlas.
Hablar de privilegio implica reconocer una realidad innegable: -no todas las personas nacen con las mismas oportunidades-. El código postal en el que se nace, el acceso a la educación, el género, el color de piel, la discapacidad, la situación económica, las preferencias sexuales o las redes familiares pueden abrir puertas para algunas personas y cerrarlas para otras.
Reconocer esta realidad no debería ser controversial; lo que sí merece una reflexión más profunda es la tendencia a asumir que identificar el privilegio equivale automáticamente a combatir la desigualdad.
Tener privilegios no constituye una falta moral. Nadie elige las circunstancias de su nacimiento.
La responsabilidad surge cuando, una vez conscientes de esas ventajas, decidimos ignorarlas o aprovecharlas exclusivamente para nuestro beneficio.
En otras palabras, el problema no es el privilegio en sí mismo, sino, la indiferencia.
Reconocer el privilegio debería ser el punto de partida para cuestionar las desigualdades que existen a nuestro alrededor y actuar frente a ellas. Sin embargo, lo que surge es una paradoja que pocas veces discutimos; mientras más hablamos de privilegios, más podemos distraernos de combatir directamente las desigualdades.
La frase ha ganado una notable presencia en espacios donde existe acceso a educación superior, redes profesionales, medios de comunicación y plataformas digitales. Sin embargo, quienes viven las desigualdades más profundas rara vez participan en esas conversaciones.
Desde una lógica estrictamente práctica, señalar privilegios produce un cambio limitado si no está acompañado de medidas concretas para redistribuir oportunidades.
Decirle a alguien que habla desde su privilegio puede generar conciencia, sí; pero difícilmente cambiará las condiciones de una mujer que no encuentra representación legal, de una persona indígena que enfrenta barreras lingüísticas en un juicio o de una víctima que no tiene recursos para acceder a una defensa adecuada.
La conciencia es, entonces, el punto de partida, pero jamás es el punto de llegada. Reconocer nuestros privilegios debería llevarnos a preguntarnos qué hacemos con ellos: cómo podemos utilizar las oportunidades, los recursos y los espacios a los que tenemos acceso para contribuir a reducir las desigualdades que hemos aprendido a identificar.
Simplificar el debate, también nos deja ver otro fenómeno preocupante, pues cada vez tendemos más a reducir a las personas a una sola categoría. En ocasiones pareciera que el debate público exige elegir entre dos posiciones rígidas: o eres privilegiada o eres vulnerada, cuando la realidad es mucho más compleja.
Una mujer puede tener acceso a educación de excelencia y, al mismo tiempo, enfrentar discriminación de género. Una profesionista con estabilidad económica puede ser víctima de violencia doméstica. Una persona perteneciente a un grupo históricamente discriminado puede ocupar espacios de poder.
Las identidades humanas son interseccionales y contradictorias. Cuando reducimos una conversación a la frase “hablas desde tu privilegio”, corremos el riesgo de simplificar realidades complejas y de perder la oportunidad de construir puentes entre experiencias distintas.
Quizá ha llegado el momento de sustituir una pregunta por otra. En vez de preguntarnos desde qué privilegio hablamos, deberíamos preguntarnos qué hacemos con él.
La verdadera medida del compromiso con la justicia social no está en la capacidad de identificar desigualdades, sino en la disposición para intervenir en ellas.
El desafío contemporáneo no consiste únicamente en reconocer nuestros privilegios, sino en administrarlos con responsabilidad y actuar en consecuencia.
La conciencia sin acción corre el riesgo de convertirse en una forma sofisticada de comodidad, es decir, nos permite sentir que comprendemos el problema sin obligarnos a formar parte de la solución.
Entonces, la verdadera pregunta no es quién tiene privilegios, sino que está haciendo cada persona con su privilegio. Porque el privilegio más importante no es tener acceso a oportunidades, sino tener la posibilidad de compartirlas.
No necesitamos más conversaciones que concluyan con la identificación de las desigualdades, necesitamos urgentemente más personas dispuestas a reducirlas.
*El contenido de este artículo es publicado bajo la responsabilidad de su autora y no necesariamente refleja la posición de Abogadas MX.