Emparejar la balanza laboral, con estrategia
En foros y en espacios donde las conversaciones sobre desigualdad de género son frecuentes, es común que, entre abogadas, hablemos de la equidad (o de la falta de ella) en el ámbito laboral. Hablamos de brechas salariales, de oportunidades de crecimiento y de las diferencias que todavía existen entre hombres y mujeres. Durante años se han impulsado políticas, programas y esfuerzos para avanzar hacia una mayor igualdad, sin embargo, las mujeres aún no ocupamos las mismas posiciones ni accedemos con la misma facilidad a los puestos de liderazgo.
Las jornadas laborales de más de doce horas, las llamadas con clientes, el cierre de operaciones o el liderazgo de un equipo son el día a día de muchas abogadas, sin embargo, existe la percepción de muchas abogadas, de que esos mismos esfuerzos no producen el mismo reconocimiento o las mismas oportunidades de crecimiento que generan para un hombre. Pareciera que, para llegar al mismo lugar, las mujeres tenemos que hacer más: más preparación, más horas, más estudio, más desvelos y, en general, más esfuerzo. La pregunta entonces deja de ser cuánto trabajamos y se convierte en por qué sentimos que siempre debemos demostrar un poco más. Falta enfocarnos en la estrategia.
¿Qué pasaría si el aumento que merecemos no llega porque no lo pedimos? Nos hemos acostumbrado a celebrar el hecho de estar presentes en espacios donde históricamente fuimos minoría: en las salas de juntas, en una negociación o en una maestría. Ocupar esos espacios importa, sin embargo, no siempre es suficiente para seguir avanzando.
Hace unas semanas, una amiga recibió una oferta laboral de una empresa que se interesó mucho en su perfil. Después de varias entrevistas y etapas del proceso, le hicieron una propuesta que no hacía sentido para el cargo que le ofrecían en cuanto a responsabilidades y carga de trabajo. El consejo de casi todas las mujeres presentes fue de “rechazarla”, sin embargo, la mayoría de los hombres presentes le dieron el consejo de “pedir más dinero”. La diferencia estaba en la estrategia. Mientras nosotras pensábamos en no aceptar una oferta que parecía injusta o insuficiente, ellos asumían que había espacio para negociar. Historias como esta hay miles, y no se trata de vivir en una queja constante, se trata de analizar nuestras decisiones desde otra perspectiva y preguntarnos si estamos actuando con estrategia.
Como mujeres no somos responsables de siglos de desigualdad ni del machismo estructural que todavía permea muchos espacios profesionales, pero sí podemos decidir cómo respondemos a esto. Para equilibrar la balanza de oportunidades laborales, necesitamos ocupar espacio, negociar, pedir mejores condiciones y dejar de asumir que el reconocimiento llegará únicamente como consecuencia del trabajo bien hecho, nos han demostrado que no siempre es así, tenemos que exigir lo que merecemos.
Probablemente todas hemos escuchado la siguiente estadística: los hombres suelen postularse a un empleo cuando cumplen el 60% de los requisitos, mientras que las mujeres esperan a cumplir el 100% de los requisitos antes de postularse. Durante mucho tiempo esa estadística se interpretó como un problema de confianza por parte de las mujeres, sin embargo, se han estudiado otras razones, y muchas mujeres no aplican porque consideran que deben cumplir las reglas en el ambiente laboral, o porque existe cierta expectativa social de que se requiere una mayor preparación académica para obtener el mismo reconocimiento que un hombre, o porque, históricamente, a las mujeres se les ha exigido acreditar más experiencia, más certificaciones y más especialización para acceder a oportunidades similares a las de los hombres.
Los sesgos existen para las mujeres en el derecho y no podemos ignorarlos. Pero también sería un error permitir que definan cómo nos desarrollamos profesionalmente. Cada vez que negociamos un salario, levantamos la mano para liderar un proyecto, aplicamos a un puesto aunque no cumplamos todos los requisitos o hablamos con seguridad sobre nuestro trabajo, no solo estamos tomando una decisión por nosotras, sino que estamos abriendo la puerta para las abogadas que vienen detrás.
Nos corresponde emparejar la balanza laboral, pero con estrategia. Luchar contra los sesgos no significa negar que existe una desigualdad, sino dejar de comportarnos como si tuviéramos que pedir permiso para ocupar el lugar que ya nos corresponde y que nos hemos ganado. Lograr la equidad no depende únicamente de las políticas de las empresas o de los despachos, sino que también depende de que nosotras aprendamos a actuar estratégicamente, a ocupar espacios con convicción.
*El contenido de este artículo es publicado bajo la responsabilidad de su autora y no necesariamente refleja la posición de Abogadas MX.