Más allá del Estado de bienestar: crisis, individualismo y cohesión social
Nadia Dhamar Herrera
22 de Abril, 2026

El welfare state es un modelo de organización estatal en el que el gobierno asume una responsabilidad activa en la garantía del bienestar social y económico de la población, más allá de la mera preservación del orden público o la promoción del crecimiento económico. Este modelo se caracteriza, principalmente, por la provisión de una protección social amplia, a través de mecanismos como pensiones, servicios de salud, educación y sistemas de cuidado dirigidos a grupos vulnerables(1). Desde esta perspectiva, este modelo no solo busca corregir las desigualdades generadas por el mercado, sino también intervenir activamente en la configuración de las relaciones sociales, promoviendo mayores niveles de igualdad material, cohesión social y seguridad colectiva.

Históricamente, el Estado de bienestar logró avances fundamentales. Sin embargo, no puede perderse de vista que el Estado de bienestar fue concebido para una sociedad industrial relativamente estable, caracterizada por trayectorias laborales lineales y familias nucleares. En contraste, las sociedades contemporáneas se definen por la precarización del empleo, la fragmentación social, la crisis de los sistemas de cuidados, el aumento de la desigualdad y una acelerada transformación tecnológica. Frente a este nuevo contexto, los sistemas de protección social existentes tienden a operar de manera burocrática y fragmentada, más orientados a administrar fallas individuales que a promover el desarrollo integral(2).


Este modelo ha sido adoptado, con distintos grados de intensidad, por diversos países, incluido México. Sin perjuicio de que, en el caso mexicano, su implementación ha sido históricamente deficiente, cuestión que no será objeto de análisis en este artículo, lo cierto es que el problema del Estado de bienestar no se agota en su pésima ejecución, sino que responde a una insuficiencia estructural del propio modelo para enfrentar las crisis sociales, económicas y tecnológicas.

El principal límite del Estado de bienestar no reside únicamente en cuestiones de financiamiento, sino en su diseño conceptual y normativo. Como ocurre con muchos sistemas heredados, este modelo parte de una concepción reduccionista del sujeto social, entendido como un individuo aislado y como un receptor pasivo de servicios públicos. Esta lógica invisibiliza la naturaleza relacional e interdependiente de las personas y conduce a políticas públicas centradas en la corrección de déficits individuales mediante intervenciones estandarizadas, en lugar de fortalecer capacidades, vínculos sociales y entornos comunitarios.

Este diagnóstico se complejiza aún más si se atiende al individualismo como rasgo estructural de la sociedad contemporánea. Lejos de tratarse únicamente de una preferencia cultural o de una exaltación moral de la autonomía personal, el individualismo constituye un proceso social profundo, históricamente ligado al desarrollo de la modernidad, que redefine de manera sustantiva la relación entre el individuo y la sociedad.


La modernidad implicó la disolución progresiva de los vínculos comunitarios tradicionales y la emergencia del individuo como unidad central de la vida social. Este proceso tuvo, en su origen, un carácter emancipador: el individuo se afirmó como sujeto de derechos, portador de dignidad y autonomía. Sin embargo, en su evolución contemporánea, el individualismo ha tendido a radicalizarse, generando una tensión estructural entre las aspiraciones individuales y las capacidades reales que ofrece la sociedad para satisfacerlas. El debilitamiento de los marcos colectivos de referencia: familia, comunidad e instituciones públicas, ha producido un escenario en el que los individuos aparecen formalmente libres, pero materialmente desprotegidos. La responsabilidad por el éxito o el fracaso vital se desplaza del plano social al estrictamente individual, transformando problemas estructurales, como el desempleo, la precariedad laboral o la exclusión social, en fracasos biográficos imputables al propio sujeto(3).


En este escenario, el welfare state deja de funcionar como un mecanismo de integración social y pasa a desempeñar un papel ambiguo: por un lado, ofrece prestaciones mínimas que buscan contener el conflicto social; por otro, reproduce una lógica individualizante, al fragmentar la protección social en intervenciones estandarizadas dirigidas a “casos” individuales. Esta contradicción profundiza el mito del Estado de bienestar como garante efectivo de cohesión social, cuando en realidad actúa sobre una estructura social crecientemente desagregada.


En este sentido, la crisis del Estado de bienestar no puede entenderse sin considerar el individualismo radicalizado que caracteriza a la sociedad contemporánea. El debilitamiento de los lazos colectivos, el aumento de las expectativas individuales y la reducción de las capacidades del Estado han generado un contexto propicio para la anomia, el malestar social y la pérdida del sentido de pertenencia. En este escenario, la renovación del Estado de bienestar requiere no solo reformas institucionales, sino una redefinición profunda de la relación entre el individuo y la sociedad, orientada a reconstruir vínculos sociales, establecer límites compartidos y promover nuevas formas de solidaridad(4). 


En consecuencia, resulta urgente impulsar una revolución del Estado de bienestar que no se limite a ajustes marginales o reformas administrativas, sino que replantee su finalidad misma. El bienestar no debe concebirse como una red de seguridad residual ni como un costo que compite con la economía, sino como una inversión estructural, orientada a permitir que las personas transiten contextos de cambio, desarrollen capacidades y participen plenamente en la vida social, económica y comunitaria.


*El contenido de este artículo es publicado bajo la responsabilidad de su autora y no necesariamente refleja la posición de Abogadas MX.


Referencias:

(1) Baldwin, P. (1996). Can we define a European welfare state model?. In Comparative welfare systems: the Scandinavian model in a period of change (pp. 29-44). London: Palgrave Macmillan UK.

(2) Cottam, H. (2020). Welfare 5.0: Why we need a social revolution and how to make it happen.

(3) Alfaro, E. (2023). El malestar en la sociedad moderna: anomia e individualismo.

(4) Idem.


Nadia Dhamar Herrera

Nadia Dhamar Herrera Morales es Asociada en Kuri Breña, Sánchez Ugarte y Aznar, S.C. Ha incursionado en las prácticas de derecho corporativo, compliance, bancario y financiero y fintech. Ha representado tanto a clientes nacionales como extranjeros en complejas transacciones de financiamiento. Ha asesorado y participado con instituciones financieras en temas de regulación bancaria, financiera y fintech, así como en la obtención de diversas autorizaciones paraoperar como entidades financieras.

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