No dudo de mí, me exijo demasiado
Ana L. Hernández y Fernanda Martínez
04 de Marzo, 2026

Hay conversaciones que se repiten en voz baja entre nosotras y entre muchas mujeres durante su vida profesional: la sensación constante de que siempre podemos hacer más, que todavía falta algo y que el estándar nunca termina de alcanzarse. Como si el mérito nunca fuera suficiente y cada logro viniera acompañado de una lista mental de pendientes. Nos exigimos excelencia en el trabajo, presencia en casa, liderazgo empático, preparación impecable, y aun así sentimos que estamos “quedando a deber” en algún frente.


La abogacía es una profesión profundamente exigente y de enorme responsabilidad social, pero también sumamente gratificante. Recibir una sentencia favorable, cerrar una operación en la que trabajaste por meses o simplemente leer un mensaje de un cliente reconociendo el esfuerzo sobre el trabajo realizado, nos recuerda por qué elegimos este camino: porque detrás de cada asunto hubo una persona que confió en nosotras para solucionar un problema, y pudimos ser parte de esa solución. 


Son momentos que confirman que el trabajo bien hecho tiene un impacto real. Y sin embargo, en un entorno donde la retroalimentación es constante, un solo comentario negativo puede opacar una larga lista de aciertos. Es entonces cuando la autoexigencia, si no está bien regulada, se convierte en un filtro distorsionado: magnifica el error, relativiza el éxito y nos convence de que nunca es suficiente.


En el ámbito personal ocurre algo similar, mantener el equilibrio perfecto entre el trabajo, la familia, las amistades, la pareja y una vida saludable se convierte, muchas veces, en una expectativa abrumadora. La autoexigencia y el perfeccionismo se convierten en unas de las mayores barreras para disfrutar cada etapa y cada proceso. 


Entonces, cuando esa autoexigencia se convierte en una voz interna que no podemos detener, “Pudiste haberlo hecho mejor”, “No fue suficiente”, “Todavía no estás donde deberías estar”, se vuelve en una carga silenciosa: vivir bajo presión constante. 


Sin embargo, esa voz interna no es siempre enemiga, la autoexigencia, muchas veces es una de nuestras mayores fortalezas, es el impulso que nos lleva a prepararnos mejor, a cuestionarnos, a buscar soluciones creativas, tomar decisiones críticas y a atrevernos a asumir retos que, en otro momento, quizá habríamos evitado. Gracias a esa autoexigencia hemos llegado a donde estamos y hemos construido carreras que nos llenan de orgullo y lazos que nos ayudan a hacerlo todo más ligero.


La diferencia está en cómo decidimos escucharla y vivirla. Con el tiempo y a través de muchas pláticas entre nosotras, hemos aprendido a reconciliarnos con esa voz interna. Hemos entendido que la autoexigencia bien encauzada, puede ser poderosa: nos recuerda que aún hay metas que alcanzar y sueños por cumplir. 


Agradecer podernos dedicar a lo que nos apasiona, reconocer nuestros privilegios y permitirnos ser vulnerables resulta tan valioso como cualquier logro personal o profesional. Porque el éxito no solo se mide en resultados, sino también en bienestar, en relaciones sanas y en la capacidad de vivir cada proceso con plenitud.


Aprender a seguir adelante sin que esa voz crítica defina la percepción que tenemos de nosotras mismas es un ejercicio diario. Dejar de preocuparnos por cumplir roles impuestos por la sociedad implica soltar culpas, aceptar que podemos equivocarnos y entender que cada quien hace su propio camino, a su propio ritmo. Ser imperfectas no nos resta valor; por el contrario, nos hace humanas. Lo verdaderamente importante es ser auténticas y honestas con nosotras mismas, aunque eso signifique redefinir constantemente lo que entendemos por éxito.


También hemos entendido que no se puede — ni se debe — hacer todo solas. Tener modelos a seguir, espacios de mentoría, momentos para despejar la mente y una red de apoyo sólida nos recuerda que no estamos solas y que, si estamos en donde estamos, no es casualidad ni suerte: es porque somos capaces, porque hemos trabajado y seguimos por ello y porque lo merecemos.


Y que, aunque a veces sintamos que todavía falta camino por recorrer, podemos voltear atrás y reconocer todo lo que ya hemos construido. Queremos crecer, liderar, participar en asuntos relevantes, ocupar espacios de decisión. La ambición profesional no es el problema, el desafío está en no postergar nuestra tranquilidad hasta el siguiente logro, en no condicionar el disfrute de nuestros éxitos hasta la próxima meta y en entender que el bienestar no es un premio que se obtiene cuando alcancemos el siguiente título o posición, sino que se construye mientras seguimos creciendo.


La primera definición de coraje proviene de la palabra latina cor, que significa corazón. Como explica Brené Brown, originalmente significaba “contar la historia de quién eres, con todo el corazón”.


Quizá de eso se trata crecer profesionalmente: no de hacerlo todo perfecto ni de cumplir cada expectativa, trabajar con rigor, exigirnos, sí, pero también con autenticidad y compasión hacia nosotras mismas, disfrutando el camino y lo que queda por venir, porque no dudamos de nosotras, solo, a veces, nos exigimos demasiado.


*El contenido de este artículo es publicado bajo la responsabilidad de sus autoras y no necesariamente refleja la posición de Abogadas MX.

Ana L. Hernández

Ana L. Hernández es abogada en Chevez Ruiz Zamarripa. Cuenta con experiencia en litigio fiscal y administrativo, y ha enfocado su práctica profesional en las áreas corporativa, transaccional y patrimonial. Ha asesorado en materia patrimonial a clientes y grupos familiares en asuntos estratégicos, incluyendo planeación a largo plazo, estructuración de inversiones y gobierno corporativo. Asimismo, ha asesorado a diversos clientes nacionales e internacionales en operaciones transfronterizas, reestructuraciones corporativas, alianzas estratégicas y joint ventures, así como en fusiones, adquisiciones y en la negociación y elaboración de contratos en materia civil y mercantil.

Fernanda Martínez

Fernanda Martínez es Asociada en Chevez Ruiz Zamarripa, especializada en materia fiscal, con siete años de experiencia en litigio estratégico y defensa ante autoridades tributarias, donde representa a empresas nacionales e internacionales en procedimientos ante autoridades fiscales y tribunales administrativos. Es Licenciada en Derecho y Finanzas por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (2019).

ARTÍCULOS RELACIONADOS.

...
...
...
...
...
...
...