Sin culpa, sin vergüenza
Mariela Huerta
18 de Mayo, 2026

Hay una idea que se repite con frecuencia en el mundo profesional: que la motivación es una fuerza constante, casi lineal, que debería empujarnos siempre en la misma dirección. De forma implícita, también se asume que una carrera exitosa se construye a partir de esa continuidad: avanzar sin interrupciones, mantener el ritmo, sostener una ambición que no debe titubear. Pero la vida, y en particular la vida de muchas mujeres, rara vez funciona así.


Cuando empezamos como pasantes o asociadas, la energía parece inagotable. Trabajamos largas horas, queremos aprenderlo todo, decir que sí, demostrar que podemos. Hay una claridad casi intuitiva sobre hacia dónde vamos: crecer, avanzar, llegar. En ese momento, la motivación parece una línea recta.


Sin embargo, con el tiempo, esa línea empieza a curvarse. No necesariamente hacia abajo, pero sí hacia otros lados. La vida introduce decisiones que no estaban en el plan original o que, aunque lo estaban, no se dimensionaban del todo: una relación que evoluciona, un proyecto personal, un hijo. Surgen otras responsabilidades y otros vínculos que también exigen tiempo, atención y energía. De pronto, lo profesional deja de ser el único eje alrededor del cual giran las decisiones.


Es en ese punto donde surgen dos emociones que pocas veces se reconocen abiertamente: la culpa y la vergüenza.


Culpa por no estar lo suficiente en el trabajo o en casa, por no cumplir con todas las expectativas al mismo tiempo o por sentir que, en el intento, algo siempre queda corto; culpa, incluso, por querer avanzar profesionalmente sin renunciar a la vida personal. A esa sensación se suma la vergüenza: la de cuestionarse lo que antes parecía incuestionable, la de reconocer que aquello que tanto se buscó quizá ya no es exactamente lo que se quiere hoy. Ambas emociones acompañan una realidad inevitable: la vida plantea de forma constante decisiones que implican renuncias.


Dedicar más tiempo a la familia puede significar reducir la disponibilidad profesional; apostar por el crecimiento profesional puede implicar ausencias en lo personal; retomar o continuar la formación académica exige sacrificar espacios que también son valiosos. Ninguna de estas elecciones es trivial y, sin embargo, muchas veces se viven con la sensación de estar fallando en alguno de los frentes.


Y en ese proceso, muchas veces lo que se instala no es tanto la duda —que puede ser saludable—, sino la carga de tener que justificar cada decisión. Ante otros, pero sobre todo ante una misma.


He visto de cerca decisiones difíciles. Mujeres que, tras años de construir una carrera sólida, se detienen a preguntarse si quieren seguir en el mismo camino. Algunas cambian de ritmo. Otras cambian de entorno. Algunas se quedan y redefinen sus condiciones. Otras se van y construyen algo distinto. Ninguna de esas decisiones es sencilla y todas implican renuncias.


Y, sin embargo, muchas veces lo más difícil no es la decisión en sí, sino el peso con el que se carga: el “qué van a decir”, la sensación de estar desaprovechando algo, la idea de que no hay vuelta atrás.


Quizá la reflexión no está en encontrar una fórmula —porque no la hay—, sino en cambiar la forma en que vivimos esos momentos. En reconocer que la vida seguirá presentando escenarios complejos y que no siempre habrá una respuesta correcta, solo una respuesta posible en ese momento. Y, sobre todo, que esa respuesta no tendría que venir acompañada de culpa ni de vergüenza.


Entre nosotras, quizá el punto de partida es sencillo e inmediato: acompañarnos. Reconocer esos momentos de inflexión sin juicio y con empatía. Apoyarnos y entender que cuestionarse forma parte del proceso y que las decisiones que tomamos —las que se ven y las que no— responden a una realidad que es, sobre todo, profundamente personal.


Al final, más allá de cualquier trayectoria, hay una pregunta: ¿la decisión que estoy tomando me da paz?. Y esa, inevitablemente, solo puede responderla cada una.


*El contenido de este artículo es publicado bajo la responsabilidad de su autora y no necesariamente refleja la posición de Abogadas MX.

Mariela Huerta

Mariela Huerta es Socia de Pérez-Llorca México. Se especializa en la resolución de controversias civiles y mercantiles, así como en arbitrajes comerciales nacionales e internacionales. Ha asesorado a empresas nacionales e internacionales en disputas complejas relacionadas con la interpretación y ejecución de contratos, medidas cautelares, responsabilidad civil, conflictos entre socios, investigaciones derivadas de denuncias y temas de compliance, entre otros. Asimismo, cuenta con experiencia en asuntos vinculados al sector asegurador.

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